jueves, 22 de octubre de 2009

Una Lejana

Creo que siempre supe que yo no me pertenecía. Es muy fácil saber cuando uno no le pertenece a su propia piel, a su cuerpo, a sus extremidades. Se trata de una torpeza inherente, una falta de gracia sobrenatural, una imposibilidad tremenda para ejecutar el más sencillo paso de baile.
Yo jamás me pertenecí: siempre he sido una invasora de mi propio cuerpo. Un cuerpo que por naturaleza debería de haber sido grácil y maravilloso. Un cuerpo cuyos miembros se trababan ante mis malos movimientos y que generalmente se resistía a lograr lo que yo pretendía.
Algunas veces mi cabeza empezaba a ir muy rápido. De repente todo lo que pasaba alrededor mío era violento, acelerado y ocurría de manera desarticulada. Hasta imaginaba cosas. Calmarme me resultaba imposible, y tampoco quería hacerlo. Disfrutaba la emoción de la montaña rusa en la tranquilidad de mi cama, o sentada en el sofá. Era embriagante y peligrosa. Jamás le conté a nadie; era evidente que algo andaba mal conmigo.

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