viernes, 23 de octubre de 2009

El Error

La mera posibilidad es molesta. La idea me sabe absurda. El llanto es un recurso sin sentido. La angustia inevitable. Mi vida pende del engranaje más básico del ser humano: la naturaleza misma. Hasta que a ella le de la gana, debo hilvanar con la rutina sin sentido peripecias de nimiedades como si en verdad me importaran. Cuando una angustia mucho mas gutural recorre mi estomago a su antojo, y como yo igual tengo las manos atadas, me veo obligada a desoír el impulso bobo de correr en círculos enloquecidamente... por lo menos hasta que se confirmen mis sospechas.
Que se sepa. No estoy nada tranquila.

A veces las ganas nos ganan. Somos tan poco humanos en nuestra vida mecanizada que en aquellas cosas en las que nos podemos liberar, nos terminamos destruyendo en un goce completo y genuino (un goce tan no presente en otras actividades mucho mas honorables). El derroche de Bataille, la tierra de Rebeca, la maga para Cortazar, esa cana al aire que no tiene razón de ser, pero debe ser, y al mismo tiempo tiene mas sentido que sea que ninguna otra cosa sobre esta maldita tierra.
Y en esa animalidad que encarnamos, así sea por algunos segundos, recae la vergüenza. La Vergüenza de sabernos falibles, humanos, animales entregados a lo salvaje. Por que en ese momento fallamos. Fallamos en la condición de lo que como especie, nos hemos propuesto ser. Y las consecuencias, mejores o peores, se empapan en el bochorno de nuestro tropezón. El que nos mira de ahí en mas nos comprende como una deformidad, como un hibrido entre animal y ser humano, como un error desatascado que camina entre los hombres.
No dejo de pensar en las consecuencias, en la gente que pensara en las causas, en la endemoniada lujuria que me hubo de llevar al pecado carnal sin cuidados, en mi condición de desempleada, y en una tristeza que me embarga infinitamente cuando pienso que mi humanidad, con todo lo que implica, me condena de una forma tan inhumana, tan incomprensiva. Deploro las complicaciones de haber hecho algo que solo en este pilar de la evolución, se considera malo, y por supuesto estúpido. Sexo. Sin. Mucho. Cuidado.








Tengo un atraso.

jueves, 22 de octubre de 2009

Una Lejana

Creo que siempre supe que yo no me pertenecía. Es muy fácil saber cuando uno no le pertenece a su propia piel, a su cuerpo, a sus extremidades. Se trata de una torpeza inherente, una falta de gracia sobrenatural, una imposibilidad tremenda para ejecutar el más sencillo paso de baile.
Yo jamás me pertenecí: siempre he sido una invasora de mi propio cuerpo. Un cuerpo que por naturaleza debería de haber sido grácil y maravilloso. Un cuerpo cuyos miembros se trababan ante mis malos movimientos y que generalmente se resistía a lograr lo que yo pretendía.
Algunas veces mi cabeza empezaba a ir muy rápido. De repente todo lo que pasaba alrededor mío era violento, acelerado y ocurría de manera desarticulada. Hasta imaginaba cosas. Calmarme me resultaba imposible, y tampoco quería hacerlo. Disfrutaba la emoción de la montaña rusa en la tranquilidad de mi cama, o sentada en el sofá. Era embriagante y peligrosa. Jamás le conté a nadie; era evidente que algo andaba mal conmigo.